27 noviembre 2009

Andalucía por sí quiere decir Dignidad

Bandera de Andalucía

Pilar González Modino


La dignidad de un pueblo (o de una "sociedad civil", como dicen otros políticos) no se mide en metros cuadrados. Ni tampoco en dinero. La dignidad se vincula al honor, a la autoridad, a la capacidad para cumplir los compromisos. Y cuando esos compromisos son leyes orgánicas del bloque de la Constitución estamos hablando de los cimientos del sistema.

Pues estamos a punto de asistir al derribo de los cimientos. Si finalmente el gobierno andaluz acepta, o, incluso, propone, lo cual es peor, que la Deuda Histórica sea "compensada" con algunos solares para construir viviendas, el gobierno andaluz acaba de cargarse el "por sí" de nuestro escudo. La Junta de Andalucía claudica, se rinde. A partir de ahora será la junta de cualquiersitio, pero no lo será de Andalucía.

¡Qué diferencia con la Junta Suprema de Andújar o con la Junta Liberalista que fundara Blas Infante!

Al presidente de la Junta no lo eligieron los andaluces, si ahora abdica de la Deuda Histórica, es que no vale para defender, representar y velar por los intereses de Andalucía. Que no nos pida que reconozcamos su autoridad porque no la tiene y ya no será un problema sólo del psoe, es un problema para todas y todos los andaluces.

Yo vivo en Andalucía, no en cualquiersitio. Y exijo que ni se acepte ni se proponga el "cobro" de la Deuda Histórica en metros cuadrados. Exijo colegios, hospitales y centros sociales. Parece una paradoja, pero estoy exigiendo que se cumpla la ley.

Cualquiersitio es el mundo al revés: el gobierno saltándose la ley por la gatera y los ciudadanos exigiendo que se cumpla.

Yo tengo la dignidad de ser andaluza.
26 noviembre 2009

LA DIGNIDAD DE ANDALUCÍA

12 periódicos catalanes
Julián Álvarez

Hoy 12 periódicos catalanes se han puesto de acuerdo para exigir al Tribunal Constitucional que respete la dignidad de Cataluña, del pueblo catalán y de sus instituciones a la hora de dictar una sentencia sobre su Estatuto del que recuerdan que es fruto de dos pactos políticos, uno entre catalanes y otro entre Cataluña y el Estado.

Más allá de otras consideraciones relativas a la oportunidad del momento elegido, la eficacia de una acción como la descrita o las implicaciones del ejercicio de la presión mediática sobre una serie de cargos elegidos a dedo por los dos partidos mayoritarios, de lo que no cabe duda es de la importancia de la acción emprendida y de la falta de precedentes de una iniciativa de estas características.

La verdad es que el enfrentamiento se produce entre la dignidad de un pueblo que se ha dotado de una norma de convivencia que ha sido pactada con el poder central y la capacidad de esos funcionarios de partido para desvirtuar la voluntad de ese pueblo utilizando el poder que les hemos dado y convirtiendo la Constitución en una especie de Libro Sagrado que no admite lecturas actualizadas.

Lo que hoy se demuestra, con esta acción concertada de los medios de comunicación catalanes, es que o se respeta ese pacto y esa dignidad colectiva o lo que va a caer inexorablemente es la virtualidad de la Constitución de 1978 como texto útil y el modelo que se configuró de Tribunal Constitucional elegido sólo por el Estado Central.

Estamos en la antesala de un nuevo salto interpretativo como el que permitió a todas las Comunidades Autónomas tener lo que inicialmente estaba sólo previsto para las tres de la Disposición Transitoria Segunda (grupo al que se sumó Andalucía a través del artículo 151 de la CE), o ante la defunción de esa Constitución y la apertura de facto de un nuevo proceso constituyente que sea capaz de dar cobertura a las ansias de autogobierno de los pueblos que las tengan. Todo ello con una Euskadi que tiene paralizada temporalmente su voz institucional como pueblo.

Y no deja de tener gracia que este arrebato de patriotismo se produzca en Cataluña el mismo día que el Gobierno Andaluz se reúne con el Central para pactar que el pago de la Deuda Histórica de Andalucía se realice mediante la entrega de unos cuantos solares que el Gobierno Central parece ser que tiene en Andalucía, y que no necesita para prestar ningún servicio de su competencia.

A esto se ha podido llegar por varios motivos:

» El primero la claudicación de PP e IU en el nuevo Estatuto de Andalucía, que acabaron apoyando sin que hubiera una valoración previa de la cuantía de la Deuda Histórica, a pesar de que habían transcurrido más de 25 años desde la aprobación del Estatuto anterior. Ahora dice el Sr. Valderas que si lo hubiera sabido se habría opuesto, porque prefiere que lo tomemos por tonto antes que por traidor.

» El segundo la mezquindad del PSOE con Andalucía a la que pretenden contentar con 780 millones de euros cuando lo que la Deuda exige es la equiparación de los hospitales, colegios, Universidades y centros sociales que tenemos en Andalucía a la media del Estado.

» El tercero la anomalía de que el Gobierno Central tenga solares en Andalucía. Si algún servicio público deja de ser prestado por el Estado en nuestro suelo, ese suelo es de los andaluces y no deben caber trapicheos por parte de ningún Ministerio (eso al menos es lo que pienso). Hay que recordar, además, que la Deuda del Estado es con Andalucía, no con el Gobierno de Andalucía.

» El cuarto el miedo del Gobierno de Andalucía a que si no cogen hoy esos terrenos el Gobierno Central acabe por no darnos nada, ya que la nueva “deuda histórica” es la que empieza a tener Andalucía con el Estado debido a la falta de ingresos fiscales andaluces y al desajuste de los mismos con los anticipos que hemos recibido del Estado. La llamo “histórica”, en este caso, no por su antigüedad sino por sus dimensiones.

La coincidencia temporal entre la reivindicación catalana y la sumisión andaluza es un buen pretexto para comprobar (una vez más) cómo medimos nuestras respectivas dignidades.

Julián Álvarez's Blog
21 noviembre 2009

Ecoandalucismo y la tiranía de los mapas

la tiranía de los mapas
Antonio Manuel

Si de la Tierra venimos, la Tierra entera es mi país. Y todos los mundos mis parientes son (Abu-l-Salt de Denia)

1.- La tiranía de los mapas

Verano del 77. Verano de cuadernos Rubio y transición a la adolescencia. La mía y la de Andalucía. Las siestas comenzaban al terminar el parte de las 3 y terminaban al comenzar el de las 9. Yo las mataba rastreando versos cursis con la intención de reutilizarlos frente a una chica que me sacaba 2 años físicos y 10 mentales. Por supuesto, ella no quiso y todo quedó en una tentativa de deseo. El último poemario que utilicé con esa fallida estrategia fue “Marinero en tierra”. Estaba solo en casa de mis abuelos. Mis padres se habían marchado un fin de semana a la playa sin mí. Fue la única vez que lo hicieron. Una puñalada infantil. Apenas un fin de semana del que recuerdo cada uno de sus 172.800 segundos de ausencia. Lo abrí al azar. “La niña rosa, sentada./Sobre su falda,/como una flor,/abierto un atlas”. Con los poemas me pasaba entonces lo que ahora con las noticias deportivas o políticas: los consumía sin pensar y casi sin sentir. Aquel no y no sé bien por qué. Quizá por ese aroma pecaminoso entre inocencia y erotismo que sugiere la escena. Jugué a imitar a la protagonista. En el cajón de las cosas viejas de mis abuelos encontré dos atlas. Uno del 42 y otro del 74. En el primero, el mapa político de Europa se descomponía en dos enormes manchas de color: amarillo Alemania, rojo URSS. En el segundo, la mitad de España se llamaba Castilla, azul la Vieja y verde la Nueva. Recorté sus siluetas para fabricarme un continente imaginario de cuatro colores. El puzzle encajó después de arrojar parte de la Alemania Democrática, Checoslovaquia y Castilla la Vieja a la basura. Lo llamé “parchís” en una vergonzante crisis de imaginación. Cuando volvieron mis padres lo guardé en una lata de membrillo junto con una calcomanía de piratas que utilicé de bandera, el poema de Alberti como himno, y un puñado de canicas que hicieron las veces de civiles y soldados. Este verano la encontré en una mudanza. Extendí aquel mapa político sobre un escalón. Y no supe contener el miedo a ser dios que no sentí cuando niño.

Había creado una patria. Una matria. Una nación. Un Estado. Una federación. Una confederación. Un imperio. No lo sé. Pero había jugado a lo mismo que llevan haciendo los seres humanos desde que se comenzó a escribir la historia científica de las civilizaciones. Mejor dicho: la biografía bélica de la humanidad. Jugué a ocupar violentamente la tierra que no es mía. Y a imponer sobre sus habitantes lo que pienso y siento. Por eso cada territorio se pinta en los mapas políticos de un mismo color. Como si todos sus ciudadanos fuesen rojos o azules. Como si todos hablaran la misma lengua. O adorasen al mismo dios. O tuvieran los mismos derechos y obligaciones. Jamás fue así. Y ahora, sinceramente, no sabría qué decir.

De un lado, porque lo diverso es consustancial a la sociedad contemporánea. De otro, porque lo uniforme es consustancial a la sociedad contemporánea. Nunca la gente ha sido tan distinta y tan parecida a la vez. Paradójico. Cuántico, si se prefiere. Pero cierto. Dentro de las fronteras políticas de los Estados-Nación, especialmente del primer mundo, conviven distintas sensibilidades, distintas creencias, distintas etnias, distintas nacionalidades, distintas maneras de pensar y sentir. Sin embargo, la diferencia se tamiza a través de un mismo orden jurídico-político que toma como referencia material el capitalismo globalizado. Todos los distintos tienden a un parecido comportamiento consumista y a una parecida aceptación del marco cultural impuesto en las leyes que acatan. El fenómeno globalizador es imparable e irreversible. Pero en contra de los que nos han hecho creer, mucho más que universalizar las diferencias, uniformaliza a los distintos. Genera un orden caótico. Teje una inmensa red que nos atrapa y nos impide ver las afueras que nos habitan dentro.

No todos somos rojos o azules. Pero a todos nos helaría la sangre admitir una traducción jurídica de esta diferencia que implique discriminación. Por ser mujer. Por ser homosexual. Por ser transexual. Por ser viejo. Por ser musulmán. Judío. Cristiano. Negro… Y sin embargo la admitimos sin apenas darnos cuenta por ser pobre o (in)migrante. O incluso por pensar o actuar al margen de los cauces convencionales del sistema. Y de entre todas las discriminaciones, quizá la más invisible, sea la derivada de la pertenencia o no a la comunidad jurídica del Estado de residencia. La nacionalidad. En rigor, “estatalidad”. El accidente de haber nacido en un lugar concreto o ser hijo de unos padres determinados te confiere un estatus jurídico distinto al de tu vecino de bloque. Con el que tomas el autobús cada mañana. Con el que trabajas. Con el que has decidido compartir el resto de tu vida. Y todo por culpa de la organización geopolítica del poder mundial fundada en los Estados-Nación. En el principio de las nacionalidades: a cada Nación un Estado. Cuando es mentira. La única realidad es que cada Estado se justifica sobre una Nación inventada al uso. Sobre un concepto de Nación estereotipado, falso, impuesto, alejadísimo del concepto de Pueblo del que trae causa.

Ahora entiendo al último Blas Infante cuando decía con rotundidad: Bueno está que por insuficiencia léxico-gráfica se haya deslizado alguna que otra vez, incluso, por nosotros mismos, con respecto a Andalucía y con relación a nosotros, los términos Nación y nacionalistas. Pero yo confieso a Vdes. que, aún, antes de haber investigado cuál es el verdadero contendido de estas palabras, siempre llegué a sentir una repugnancia invencible ante ese nombre, y, sobretodo, ante este calificativo. Porque el Estado-Nación encierra en sí mismo la misma segregación injusta e injustificable que los Estados racista, patriarcal o integrista. En éstos, los elementos discriminatorios son la etnia, el género y la religión. En aquél, la propia “nacionalidad” (estatalidad) con la agravante hipócrita de haber surgido históricamente para acabar con la discriminación derivada del vasallaje. Ser “nacional” de un Estado me confiere la titularidad y el ejercicio de los derechos fundamentales reconocidos en su Constitución. No serlo me convierte en un paria jurídico que a lo sumo aspiraría a la titularidad y ejercicio de los derechos humanos, y de aquellos otros que compasivamente me quiera conceder el Estado. Y la verdad es que incluso puede hablarse sin tapujos de “no ciudadanos”, de seres humanos sin derecho a los derechos humanos, condenados en el mejor de los casos a la caridad, al encierro y a la expulsión. Algo abominable para el pensamiento universalista y libertario del andalucismo infantiano. El único andalucismo que reconozco y respeto.

Aunque resulte sorprendente proviniendo de alguien calificado como nacionalista y Padre de la Patria andaluza, el último y más auténtico Blas Infante negaba el concepto mismo de Nación. Por supuesto, se refería al concepto territorialista, etnicista y de aspiración estatalista-excluyente. El concepto estereotipado. Y lo hizo en estos términos que no dejan lugar a la duda: “Estaría bueno que, con relación a un fantasma, se hubiera llegado a afirmar un principio organizante de la Humanidad entera. Y, sin embargo, yo creo que ha sido así. La nación como objetividad real, no puede llegar a ser comprobada porque no existe realmente… Pero de esta tesis, que sería sensacional, si su proposición hubiese logrado el ser formulada por una pluma menos humilde que la mía, nos ocuparemos después. Quédense, por ahora, los lectores con la extrañeza de ver en el pórtico de un estudio relativo a un objeto como el andalucismo, que ha sido adjetivado de nacionalista, esta afirmación paradójica de que “no existe la nación”; y, vamos a lo que por de pronto me interesa demostrar: el fracaso definitivo del Principio de las nacionalidades. Porque demostrar el fracaso práctico del principio de las nacionalidades, implica la probanza de que ha fracasado, prácticamente, también, la idea de nación”.

2.- El hijo devorando a Saturno: Pueblo, Nación y Estado

El mal comienza con la falsa y aviesa identificación de dos conceptos políticos distintos: Estado y Nación. Cuerpo y alma de los Pueblos. Es cierto. Pero no necesariamente unidos entre sí. Y cuando lo están, tampoco necesariamente por un solo vínculo. Existen Estados sin Nación. Y Naciones sin Estado. Y Estados plurinacionales. Y Naciones pluriestatales. En consecuencia, Estado y Nación no son términos sinónimos. Ni simétricos. Ni simbióticos. Sin embargo, la geopolítica mundial ha conseguido generar la convicción colectiva, incluso científica, de tomarlos como espejos cuando jamás lo fueron, ni en sus formulaciones clásicas. La Nación implica etimológicamente un parto: el nacimiento político de un Pueblo. De su conciencia política colectiva. Para luego postularse como Estado. O no.

Los Pueblos son en la medida que tienen memoria colectiva. No necesitan más, ni nacer ni demostrar su existencia. Un Pueblo ya era antes de postularse como Nación y, en su caso, como Estado. Sin embargo, la democracia representativa ha convertido al Pueblo en un concepto invisible. Inexistente. Lo ha fagocitado. Ahora se le llama eufemísticamente “sociedad civil”. Supongo que en contraposición a las sociedades militares, eclesiásticas o mercantiles. Y acusan injustamente a esta sociedad civil de desmovilización, de estar invertebrada, de indiferencia. Hasta tal extremo alcanza la intención de anular al Pueblo por el poder oligárquico de la democracia representativa, que incluso le nombran un Defensor (de los individuos aislados e indefensos que lo componen), como si el Pueblo fuera menor de edad o incapacitado.

La Nación, por el contrario, nace. Sin parto no hay Nación. Necesita una partida de nacimiento para demostrar su existencia. De manera que sólo hay Nación desde que el Pueblo se postula políticamente amparado en su memoria colectiva (espacio, tiempo, nosotros). Nación y Pueblo sí son un binomio indisoluble desde que aquélla nace y éste pare.

En su raíz más auténtica, el concepto político de Nación surgió con una doble finalidad: paliar las discriminaciones sociales de la mayoría del Pueblo frente al poder monárquico-confesional; y “deconstruir” las macrounidades políticas de poder imperial-colonialista en Estados reducidos al tamaño de sus pueblos culturales. No consiguió ninguna de las dos.

La revolución francesa utilizó principalmente el concepto Nación para anular las diferencias sociales derivadas del vasallaje absolutista y clerical. Sólo esas. Pero sólo para unos cuantos. La anti-clase burguesa, hasta entonces ajena al poder político visible, consiguió de esta manera incrustarse en las estructuras del Estado justificando su inmersión en el manido lema “igualdad, libertad y fraternidad”. Pero era mentira. La ley que debía hacer iguales, libres y hermanos a los excluidos, generó una nueva anti-clase en el incipiente proletariado, y mantuvo la extra-clase que formaban las mujeres, homosexuales, herejes, esclavos, tullidos, mendigos y demás marginados sociales. No fue el Pueblo quién accedió al poder estatal disfrazado de Nación, sino una miserable parte de él, compuesta por hombres adinerados y de un concreto credo religioso, la que terminó arrogándose el todo en una infame metonimia política a la que llamaron “soberanía nacional”, amparada teóricamente en un contrato social inderogable y excluyente que sólo firmaron unos pocos. Así pues, la misión igualitarista de la Nación fracasó en el mismo momento del parto. El Estado asesinó al Pueblo que lo creó. Como si el hijo devorase a Saturno.

El concepto político de Nación también surgió como un mecanismo corrector territorial con el fin de acomodar la artificiosidad de los imperios colonialistas a la realidad de los pueblos culturales. Pero la descomposición europea tras la primera guerra mundial y su recomposición política en el Tratado de Versalles, no hicieron sino confirmar la burda mentira del Estado-Nación que se mantenía y se mantiene viva desde la vieja paz de Westfalia. Y con ella, su trampa: la ley nacional. Como dije antes, yo prefiero llamarla “estatalidad”. Porque no se trata de un vínculo jurídico que ate al ciudadano con su Pueblo-Nación, sino con su Estado y con su Derecho como arma de dominación cultural sobre los ciudadanos a los que somete.

Los nacionalismos (separatistas o fascistas) que surgen en España y otros lugares de Europa con el afán de desmontar esta farsa de los Estados-Nación, no cuestionaron jamás la dinámica discriminatoria de la estatalidad. Todo lo contrario. Se ampararon en ella para exaltar sus privilegios étnicos o territoriales. Los nacionalismos separatitas elogiaron las virtudes de su pueblo para afirmar su propia soberanía a la vez que negaban la del Estado al que pertenecían. Los nacionalistas fascistas utilizaron la identidad nacional con criterios xenófobos para reafirmar el Estado a la vez que negaban la condición de ciudadanos a miembros de la población que lo componía. Los separatistas pretendían destruir el Estado-Nación para crear otro. Los fascistas confirmaban el Estado-Nación como identidad predatoria frente a las naciones humanas (minoritarias o no) que lo integraban. Sin embargo, a pesar de estas aparentes diferencias entre separatistas y fascistas, los dos nacionalismos convergen en priorizar lo propio sobre lo ajeno. En el rechazo del otro para ser yo mismo. Y en el empleo de la ley como espada y no como bálsamo. Andalucía no. El andalucismo, tampoco. Para Blas Infante, en Andalucía no hay extranjeros. Todas y todos, sean andaluces o no, españoles o no, europeos o no, tienen los mismos derechos. Son iguales ante la ley. Esta afirmación pionera de ciudadanía universal fue realizada hace casi un siglo por alguien calificado y reconocido como nacionalista. ¿De verdad lo era? ¿Hablamos entonces del mismo nacionalismo?

3.- Andalucismo: nacionalismo antisistema

Cuando surge técnicamente el concepto republicano de Nación como expresión política de Pueblo, en su doble vertiente igualitarista y anti-imperalista, tanto la clase gobernante derrocada como la anti-clase revolucionaria y la masa utópica que la seguía (extra-clase), conformaban una sociedad grumosa pero homogénea. Todos tenían la misma nacionalidad. La misma religión. La misma lengua. La misma cultura. El mismo color en el mapa político. La aspiración legítima del Pueblo por parir una Nación igualitaria y humanista no calibró en ningún momento que también tendría que acoger en su seno con idénticos derechos a mujeres, homosexuales, herejes, esclavos, tullidos, mendigos y, sobre todo, extranjeros. En verdad, sólo una parte privilegiada del Pueblo fue la que se autodenominó Nación para convertirse en Estado. Y luego, en Estado-Nación. Cerrando un círculo falaz que la humanidad ha terminado creyendo como dogma de fe cuando se izan las banderas en los juegos olímpicos o en la fachada de Naciones Unidas (en rigor, Estados enfrentados).

El socialismo utópico en sus distintas versiones sacó al proletariado de los márgenes sociales para elevarlo al rango de anti-clase frente al Estado-Nación capitalista; más tarde, se convirtió en clase gobernante en las sociedades comunistas; y últimamente, ha terminado desagregándose en átomos dentro de la sociedad líquida del bienestar. El feminismo lleva siglos resquebrajando el techo de cristal que hacía invisibles a las mujeres frente al poder machista. Lo mismo cabe decir de los luchadores por el reconocimiento de la libertad de opción sexual o religiosa. La democracia formal ha dado cabida a todas esas naciones humanas dentro de los Estados-Nación, otorgándoles regímenes jurídicos particulares para superar las discriminaciones materiales que todavía padecen. Nadie en su sano juicio toleraría hoy en Occidente la existencia de un Estado formalmente integrista, patriarcal o racista. Y sin embargo se admite con cada vez menos reparos la concesión de derechos coyunturales a mujeres, homosexuales, discapacitados o comunidades religiosas minoritarias, con tal de conseguir la igualdad material desde la diferencia jurídica. A cualquiera, salvo a los extranjeros. Los mismos que no existían al tiempo de la concepción política del Estado-Nación occidental y que hoy atestan sus aceras. Ahí radica la brecha del sistema. Invisible. Sutil. Y perversa.

El Estado-Nación segrega a sus habitantes entre nacionales y no nacionales. Los primeros, acceden al marco jurídico privilegiado del sistema. Los segundos, a las cloacas. Si el nacionalismo conlleva por definición la complicidad con este modelo político, yo no podría ser nacionalista. A menos que recuperemos el concepto radical, matriz, original, humanista y republicano de nacionalismo como reivindicación político-igualitaria del Pueblo frente al Estado discriminador. Visto así, indudablemente soy nacionalista. Andaluz para más señas. Porque Andalucía, en cuanto memoria colectiva, encierra en sí misma el espacio y el tiempo como localizadores políticos frente a su negación impuesta por el consumismo globalizado. Porque Andalucía, en cuanto memoria colectiva, encierra en sí misma una identidad política intermedia, un nosotros, entre el yo cada vez más aislado y la Humanidad sin personalidad jurídica. Porque Andalucía, en cuanto memoria colectiva, siempre fue un paradigma de la defensa diversalista frente a todos los intentos de asimilismo cultural, siendo especialmente grave el que está causando el uniformalismo globalizador. Porque Andalucía, como memoria colectiva, siempre basculó en su actuación política desde la prudente inacción a una democracia insurgente que hoy serviría de complemento perfecto al monopolio representativo. Porque Andalucía, como memoria colectiva, es un Pueblo cultural de libre adscripción, universalista y libertario. Ése y no otro es el sentido auténtico del lema que nos define como Pueblo-Nación: “Sea por Andalucía Libre, España y la Humanidad”.

No se trata de un nacionalismo antinacionalista. A lo sumo, hablaríamos de un nacionalismo radical demócrata. Antiestatalista. Anticapitalista. Antisistema. Por citar un ejemplo, la Constitución de Antequera, más que fundar un Estado, anulaba el contrato social que justificaba el existente y sentaba las bases para la creación de uno nuevo, de abajo arriba, desde la libre adscripción del individuo al municipio y del municipio al cantón y del cantón al Estado, tomando como referente ideológico el “federalismo” de Proudhom. Yo creo en él. Y en el espíritu bakuniano que permite desertar del contrato social que no firmé nunca. Por eso decía Blas Infante que por encima de cualquier otro estado político, el estado natural del ser humano es el de su libertad. Frente al vínculo discriminatorio de la estatalidad, producto de la combinación accidental del ius soli y del ius sanguinis, debe prevalecer la voluntad individual de libre pertenencia a un Pueblo. A una cultura. Y asumir coherentemente, como ciudadanos comprometidos , todo lo que eso significa: ser conscientes de nuestra memoria y responsables de nuestro porvenir. Hilvanar el pasado con el futuro. Aquí y ahora. En medio del proceso asimilista más devastador de la historia de la Humanidad. Y para esta lucha diversalista y radical demócrata, quizá no se necesite un Estado propio fundado en los mismos mecanismos discriminatorios. Un cuerpo político similar en su comportamiento a los ya existentes. Pero sí necesitamos el alma. Y la potencia colectiva para reivindicarla permanentemente.

Decía Blas Infante que “el concepto del Estado no podrá llegar a elaborar la nueva historia. La humanidad aspira a otro resultado y esa aspiración que positivamente existe de unos nuevos hechos, sólo puede llegar a satisfacerla mediante la aplicación del Principio de las Culturas; para quienes los pueblos son entes no políticos sino culturales; para quien la voluntad actual o la pletórica cultural es la base del discernimiento de las autarquías; para quien el Estado es un mero instrumento de práctica interior, ordenado a las finalidades de defensa contra la animalidad de la cultura; para quien el super-Estado correspondiente al alma inter-cultural ya creada es la suprema garantía de paz o libertad interior y exterior”.

Tenía razón. Carece por completo de sentido que la mecánica cuántica haya complementado la explicación de la realidad física newtoniana; que la ingeniería genética haya complementado la explicación de la realidad biológica darwiniana; y que sigamos anclados en los mismos conceptos decimonónicos para explicar la realidad política rousseauniana. Reconozcámoslo: los conceptos políticos tradicionales han envejecido y nadie se atreve a postular unos nuevos por temor al rechazo científico, mediático o partidista. No existen términos políticos para denominar la utopía de un nuevo orden mundial que atienda la diversidad del ciudadano dentro de las fronteras anticuadas Estados-Nación. Aún más. Esta crisis del capitalismo ecocida e inhumano, causada por el bucle insaciable de la voracidad productivista para la satisfacción del consumismo globalizado, encontró precisamente en un puñado de Estados-Nación primermundistas su tabla de salvación provisional. Ellos inyectaron en el sistema el capital de nuestros bolsillos con el único afán de momificar el nivel de vida de unos pocos, a costa de abrir la brecha del hambre para los muchos y acelerar la muerte del planeta. Y de nuevo acertó el visionario Blas Infante: la crisis de Occidente no es económica ni política, es una crisis de humanidad.

4.- El parto del Pueblo Andaluz: 4 de diciembre

Sin caer en el esnobismo, ciñéndome estrictamente a las denominaciones clásicas y a sus significaciones radicales, afirmo sin tapujos que Andalucía es una Nación. Y por partida doble. Tanto en el plano del ser como del deber ser. En el ámbito de lo real y de lo posible. Conforme al vigente principio de las nacionalidades y al utópico de las culturas. Y Blas Infante se tomó la molestia de demostrarlo en ambas hipótesis.

Andalucía es una Nación conforme al principio geopolítico del orden actual. Y conforme a la Constitución. Y conforme al Estatuto de Andalucía, no importa como lo denomine el Preámbulo o su articulado. Y la razón es simple: junto a la ley estatal, el ciudadano andaluz se somete a una ley paralela derivada de su particular ciudadanía. Es así. Más allá de la configuración pseudofederal del Estado español, federal asimétrica, autonómica o como quiera llamarse, lo cierto es que existe un marco jurídico específico para Andalucía que sujeta directamente en sus ciudadanos en el ámbito de sus competencias autonómicas. Unas instituciones legislativas, ejecutivas y judiciales propias. En consecuencia, una “nacionalidad” distinta, paralela o rizomática, a la “estatalidad” española. Eso explica, por ejemplo, que las parejas de hecho en Cataluña se sometan a una disciplina jurídica distinta de la civil andaluza (por cierto, inexistente).

Sin perjuicio de la fundamentación histórico-política de Andalucía como memoria colectiva (integradora en un solo concepto de un nosotros y del localizador espacio-tiempo), la conquista de esta “nacionalidad” andaluza fue obra del Pueblo. Exclusivamente del Pueblo. Un 4 de diciembre de 1977. Ese día histórico el Pueblo andaluz parió una Nación. Y se postuló como sujeto político de primer orden dentro del Estado preconstitucional español. Y no aceptó el papel subordinado que se le imputó dentro del mismo. Quizá el drama del andalucismo haya sido siempre la necesidad previa de resolver una teoría política para el Estado español a la vez que se formulaba una propia para Andalucía: Cantonalista. Regionalista. Confederal. Federal… Aquella vez el Pueblo no lo hizo. Aceptó un marco de mínimos y negó la mayor. Actuó. Se limitó a señalar con sus puños no ser más que nadie ni menos que ninguno. Y lo consiguió. Alcanzó el rango de nacionalidad dentro un Estado plurinacional que niega públicamente serlo.

Pero de nada sirve la constatación de un cuerpo político propio sino sirve para potenciar su alma. Su memoria colectiva. Su diferencia. No para el privilegio sino para la igualdad. La dependencia parasitaria y la invisibilidad de Andalucía en la sociedad contemporánea, a pesar de aquel parto del Pueblo, demuestran la necesidad del andalucismo como ideología estructural frente a la subordinación estatalista y el uniformalismo globalizador. Existe Andalucía pero carece de elecciones propias. Existe Andalucía pero no imparte flamenco en sus colegios. Existe Andalucía pero sus periodistas hablan en un impostado castellano. Existe Andalucía pero sus campos están yermos y secos sus caladeros. Existe Andalucía pero su financiación no depende objetivamente de sus competencias asumidas… ¿Para qué sirve entonces la “nacionalidad” práctica sino para potenciar su memoria colectiva? Para nada.

5.- Paralelo 36 Andalucía

Reconozcamos que el puzzle del mapa político universal ya no se compone por aquellas teselas monocolores llamadas Estados-Nación. No al menos en su formulación estereotipada. Cada una de ellas es hoy caleidoscópica. Multicolor. Una de ellas se llama Andalucía. Quizá la única que siempre lo fue. Explica Daniel Innerarity (Transformación de la política, 154) que “la unidad de una sociedad compleja no apunta a una integración a costa de la pluralidad sino a la optimización de las condiciones para una liberalización de la diversidad frente a las constricciones de una coherencia forzada. La unidad es un contexto para la heterogeneidad, algo así como un contexto virtual”. Andalucía es un paradigma de todo eso. Su capacidad de resiliencia sociológica como Pueblo, creando incesantemente una cultura nueva a partir de la impuesta, es un ejemplo de diversalismo para la Humanidad. Ahora el contexto de “unidad” ha cambiado. Y no me refiero exclusivamente al marco político español o europeo, sino a la desbordante capacidad unificadora y uniformalizadora de la globalización planetaria. Por eso me molesta que se asocie al nacionalismo como término antitético. Es justo lo contrario. Lo global tiene una doble fuerza centrífuga y centrípeta. No sólo consigue expandir las diferencias hacia afuera, sino la de equipararnos en ellas hacia dentro. Y ahí radica la fuerza contemporánea del nacionalismo como expresión política reivindicativa de la memoria colectiva de los Pueblos culturales. La fuerza del andalucismo como resistencia alterglobalizadora. Las propuestas políticas diversalistas (en lo ecológico, social, cultural y político) noo pretende colocar una frontera más, ni jurídica ni física ni virtual, que discrimine igual a como hacen ahora y han hecho siempre los Estados-Nación. No. El ecoandalucismo reivindica una memoria colectiva diversa (un tiempo, un lugar y un nosotros), frente a la uniformidad predadora de las culturas y los recursos naturales del consumismo globalizado. El andalucismo infantiano es ecologista y radical demócrata por definición. Siempre lo fue. Y por encima de todo, universalista. De manera que no puede estar contra el fenómeno globalizador. Todo lo contrario. Corrige sus disfunciones uniformalizadoras, premeditadamente provocadas para que todos los que tienen acceso a esta “pangea virtual” seamos potenciales consumidores de los mismos productos. Quien defiende que no desaparezca una lengua en el Amazonas, una manera concreta y milenaria de decir madre, es ecoandalucista. Quien defiende que no desaparezca una especie autóctona en Nueva Zelanda como consecuencia de la invasión de otra extraña devastadora del ecosistema, es ecoandalucista. Quien defiende una reforma electoral que garantice una mayor intervención ciudadana directa y una mayor diversidad en la democracia representativa, también es ecoandalucista. Quien defiende la existencia de una renta social básica para garantizar que la existencia digna de una persona sea un derecho humano inderogable, es ecoandalucista. Y quien quiera crear un Estado propio con el ánimo de privilegiar a unos ciudadanos sobre otros, tras el manto soterrado de la “nacionalidad”, no lo será.

Ahora sonrío sin miedo al contemplar los mapas que construí de pequeño. Porque sé que son mentira. Y Andalucía, mi Pueblo-Nación, lo demuestra.


http://www.paralelo36.com/ecoandalucismo-y-la-tirania-de-los-mapas/
19 noviembre 2009

Jornadas de formación JJAA 2009

1609-2009 400 Aniversario de la Expulsión de los Moriscos

Menos sentimiento y más conciencia andaluza

Poder Andaluz
RAMÓN SÁNCHEZ HEREDIA Secretario Provincial del Partido Andalucista en Cádiz

¿A los andaluces quién nos defiende nuestros intereses? Está claro que desde las esferas de poder tanto en Madrid o en Sevilla, nadie. Allí están más interesados en la defensa de otros intereses, ya sean estatales o de partido, que en los nuestros. No por repetido eso no es una realidad. El ejemplo que hemos repetido hasta la saciedad los andalucistas de los diputados en el Congreso elegidos en Andalucía por el PSOE, votaban a ciertos temas sí en el estatuto catalán pero en el nuestro decían que no, o como llegan los debates más importante del año, los de los Presupuestos Generales del Estado, y los diputados del PSOE y PP votados en Andalucía no la nombran ni por equivocación.

Parece que estas cosas, donde nos jugamos los «cuartos», no importan, luego protestaremos porque las obras en las carreteras de aquí son eternas o porque los servicios públicos son deficitarios.

Ello demuestra que somos un pueblo con un gran sentimiento de sí mismo, como se expresa en nuestro folclore, nuestras fiestas, nuestras tradiciones o liturgias, pero no tenemos conciencia de tal, no somos reivindicativos ni somos capaces de saber defender nuestros intereses.

Los hechos son palpables, con un millón doscientos mil parados parece como si no pasara nada en nuestra sociedad y sin embargo sí está pasando, y muy gravemente. La diferencia de trato que recibimos los andaluces se ve: ¿en cuántos informativos de televisión saldrá que las milenarias almadrabas, pesca tradicional, están en peligro de extinción, porque se limitan las capturas de atún, mientras que en el Mediterraneo han realizado su pesca masiva, permitiendo que mermara esta especie, y ni los Gobiernos de Zapatero ni de Griñán, o Chaves antes han defendido?

No creo que si el problema fuera de otra comunidad autónoma pasara lo mismo, basta ver el seguimiento al atunero secuestrado en aguas del Golfo Persico. Pero no es nuevo esto, ha venido pasando, desde la entrada del estado Español en la Unión Europea, donde la agricultura andaluza no se defendió suficientemente.

Lejano el 4 de diciembre de 1977, es necesario recuperar el sentido reivindicativo, un espíritu que desde el Gobierno de la Junta de Andalucía, el PSOE, se ha encargado de olvidar, de promover el pasotismo político, era una manera de perdurar manteniendo el conformismo con lo que hay.

Es la sociología del señorito, «nada se puede cambiar y que pa complicarse la vida...» Andalucía necesita que rompamos con esa apatía, ese conformismo, una mayor competencia para salir de donde estamos, en el último puesto, un poder andaluz.

Asamblea Andalucista de Ronda 2009

Asamblea de Ronda 2009
El pasado jueves, 12 de Noviembre, celebramos en Ronda la Asamblea para elegir al nuevo Comité Andalucista de la ciudad. En un ambiente cargado de emoción, resultó elegido por unanimidad nuestro compañero Daniel Harillo como Primer Secretario del PA. Junto con él, fue elegido un equipo en el que se combina la experiencia y el buen hacer de compañeros con muchos años de militancia andalucista a sus espaldas junto a otros más jóvenes que aportan dinamismo e ilusión.

Todos con las mismas ganas de seguir adelante y de recuperar la confianza de los rondeños y rondeñas en el andalucismo. Con honestidad, energía, compromiso, coraje, e ilusión, el Partido Andalucista vuelve a ser una fuerza política importante en Ronda.

Quiero agradecer el trabajo desempeñado por la Gestora que, en cuatro meses, ha alumbrado una asamblea compuesta por antiguos militantes que se han mantenido leales al PA y nuevas incorporaciones que vienen a sumarse a la causa del andalucismo.

Para el andalucismo Ronda tiene una carga simbólica importante. Por eso, antes de la Asamblea, estuvimos en el Círculo de Artistas, el lugar donde en 1918 Blas Infante y los andalucistas históricos celebraron la primera Asamblea Andalucista en la que se definieron dos de los símbolos andaluces: la bandera y el escudo.

Con la certeza de que el andalucismo está vivo y fuerte, los compañeros de Ronda ya están trabajando de cara a las municipales. Sé que a alguna facción del psoe rondeño le molesta que el PA presente candidatura para las elecciones municipales, incluso ha afirmado con un lenguaje machista y soez que "será por encima de sus...." Pues, con la fuerza de la convicción y con el coraje que los andalucistas llevamos en el corazón (el músculo más importante del cuerpo), afirmo rotundamente que el PA se presentará a las elecciones municipales en Ronda y, con la esperanza que percibo en los gestos de muchos ciudadanos rondeños, aseguro que el andalucismo tendrá de nuevo una presencia importante en el Ayuntamiento de Ronda.

Volverá a ondear la verdiblanca en la ciudad que la convirtió en símbolo de Andalucía en aquella asamblea histórica y serán (seremos) las y los andalucistas quienes la enarbolemos leales, convencidos y orgullosos.

Andalucismo con Pilar González
12 noviembre 2009

Andalucía: entre la leyenda y la historia

La Cuadra
Artículo enviado a P36 por José Cesto Oliva (Poeta)

Hace pocos días, tuve la oportunidad de asistir al estreno del nuevo espectáculo de Salvador Távora y su grupo La Cuadra de Sevilla, en el marco incomparable de su propio teatro de Hytasa, lo de incomparable es literal, no por las condiciones de la sede, que simplemente es una nave industrial, si no, por lo sencillo, intimo y directo que resultan en ese espacio escénico las actuaciones. Todo el mundo conoce a Távora, si todavía después de veinticuatro obras de creación propia representadas y casi cuarenta años llevando la cultura Andaluza por España y por medio mundo, aún no lo conoce, debería hacerlo urgentemente.

Esta nueva creación, va en la misma línea que todos sus trabajos anteriores, su patrón básico es como siempre: Andalucía, flamenco, sentimiento, simbología y emoción. El, es un maestro conjugando estos conceptos con el teatro, ello, da como resultado el estilo Távoriano. Pero no queda solo ahí, su labor como creador, Salvador va más allá, no cae en el folclorismo típico con el que con demasiada frecuencia se arropa el flamenco de ahora y siempre, se atreve a innovar, es lo suficientemente artista para crear forma estéticas con los elementos escénicos más sencillos: luz, sombras, silencios y participación creativa del grupo interpretativo, ¡ahí queda eso! Este montaje hace un recorrido por Andalucía desde los Tartesios hasta nuestros días, haciendo especial hincapié en los acontecimientos mas importantes del pasado siglo XX. Hay que tenerlos cuadrados ¡que los tiene! hay que tenerlo muy claro ¡que lo tiene! para atreverse con un tema como este en un montaje teatral, con un contexto socio-económico y político-cultural como el que estamos sufriendo. Un contexto, donde la clase política actual no quiere ni oír hablar del pasado posiblemente para evitar comparaciones, y unos grupos mediáticos al servicio de las oligarquías económicas e ideológicas que son capaces de crear una estrella televisiva de un personajillo insignificante y hacer de los programas de cotilleo los mas seguidos de la parrilla televisiva.

Cuando el mundo entero no sabe hacia donde ir, cuando estamos sufriendo la mayor crisis económica de los últimos ochenta años, cuando todos miran al nuevo Mesías mundial Barack Obama, esperando de él, un gesto que nos salve de este cataclismo; aparece un señor del Cerro del Águila y con toda sencillez y naturalidad nos dice que nuestro futuro no vendrá de Paris, de China o Washington, el futuro de Andalucía esta simplemente en manos de nosotros, los andaluces.

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